Rilke, Rembrandt y Beethoven, mis tres gurús

Por Jens Bücher

Rilke fue mi gurú desde la adolescencia, 60 años atrás. Sus «Cartas a un Joven Poeta» marcaron mi vida para siempre:

– La importancia de lo inocente en el alma y de sus procesos de maduración.

– La necesidad de expresar lo que quiera aparecer y quiera ser válido también en el mundo del afuera.

– La hombría interna necesaria para enfrentar la soledad, los prejuicios y las amenazas.

– El aceptar dolor y sufrimiento como parte integral del vivir y sobre todo del proceso creador.

– El renunciar, el trabajar humildemente, la paciencia, el silencio y muchas otras cosas.

Más tarde se sumó a este legado la seriedad de las Elegías de Duino y la felicidad terrenal de los Sonetos a Orfeo. Lo máximo que he leído jamás.

Junto a la presencia de Rilke en mi vida ha estado siempre cerca la obra de Beethoven, mi otro gurú (en los últimos 5 o 10 años he agregado como tercer gurú a Rembrandt). Su asertividad emocional me sorprende aún hoy, su osadía y la riqueza de su contenido.  

Tres artistas haciendo de gurú. Quizás difícil de comprender. De hecho, a quien he expresado esta aseveración casi chistosa («mis gurús han sido Rilke, Beethoven, Rembrandt») se ha quedado guardando silencio, tal vez por lástima, tal vez por incomprensión, tal vez por ambas. Claro, la idea de gurú va asociada a una religión, a algo que trasciende socialmente al individuo, a algo que reclama para sí el poder de la redención de alguna falla humana, en fin, a algo no asociado con la vida misma, a la riqueza emocional, a la belleza, a la gratuidad o simplemente (!) al hecho de estar vivo.

Y aquí voy ahora siguiendo la huella de uno de ellos: estoy escuchando por segunda vez consecutiva el Adagio del Concierto del Emperador. Con paso de aprendiz devoto, entregado a los sentimientos que expresa, voy haciendo mía su osadía para ver y vivir el mundo del enamorado: el anhelo no cumplido, el deseo, la renuncia, la belleza, la dulzura, la esperanza, el pudor, el someterse honesto y entero a lo que quiera o no quiera ser. ¿Quién otro sabe mostrar todo esto así?

En un mundo cada vez más intelectualizado y ligero, más alejado de nuestras raíces, cada día con menos sentido, el arte – así como lo practicaron estos tres artistas – parece abrirse como la gran esperanza, como el camino serio, realista y sano, como el horizonte donde poder construir un mundo distinto al cual tenemos hoy.

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